Sentir dos cosas opuestas al mismo tiempo: por qué ninguna es mentira
Llegas preguntando cuál de las dos emociones es la verdadera. Larsen (2001) midió la mezcla a la salida de un cine, y elegir una de las dos te quita información.
A la salida de La vida es bella, el 44% de los espectadores encuestados dijo sentir alegría y tristeza a la vez; entre quienes aún no la habían visto, el 10%.
Hay una creencia razonable detrás de esta pregunta, y conviene enunciarla en serio antes de desmontarla: si sientes dos cosas opuestas al mismo tiempo, una de las dos tiene que ser falsa. El alivio y la culpa no caben en el mismo cuerpo a la misma hora; una es el sentimiento y la otra es el disfraz. La investigación sobre emociones mixtas apunta en dirección contraria: cuando dos emociones opuestas aparecen juntas, lo habitual es que las dos estén midiendo algo real, y que quedarte con una sola sea perder la mitad de lo que sabes.
Esta guía recorre qué se midió exactamente y cómo se llama esa mezcla, porque tiene nombre y el nombre cambia lo que haces con ella. Después, cómo se escribe una entrada de diario que sostenga las dos frases sin obligarlas a pelear.
Qué se midió a la salida de un cine en Ohio
En marzo de 1999, Larsen, McGraw y Cacioppo (2001) encuestaron a los espectadores de una sala de Columbus, Ohio, que proyectaba La vida es bella —una comedia ambientada en un campo de concentración—. Unos contestaron al entrar; otros, al salir. De las 177 respuestas válidas, entre quienes aún no habían visto la película el 10% dijo sentir alegría y tristeza a la vez. Entre quienes salían, el 44%.
El diseño tenía una precaución fina que explica por qué el dato vale. No se pidió una nota en una escala que va de la tristeza a la alegría. En esa escala, marcar el centro puede significar «ninguna de las dos» o «las dos a medias». Se preguntaba por cada emoción por separado y en dos pasos: primero sí o no, después con cuánta intensidad. Así, declarar alegría no descuenta automáticamente la tristeza. La coexistencia podía aparecer, y apareció.
La película no fue elegida al azar, y los autores no se quedaron ahí: en los estudios siguientes preguntaron a estudiantes el día que dejaban la residencia universitaria y el día de su graduación, y en ambos casos la mezcla fue más frecuente que en un día corriente. No hace falta una sala de cine. Basta una situación que traiga a la vez una ganancia y una pérdida.
Conviene decir el tamaño exacto de lo que esto prueba. Son autorreportes de un momento, no medidas fisiológicas. Los grupos de antes y después no eran las mismas personas. Y el hallazgo no es que sientas dos cosas opuestas siempre, sino que en las situaciones emocionalmente complejas la mezcla es común. Eso alcanza para desarmar la creencia del primer párrafo. Para más, no.
Por qué elegir una de las dos te quita información
Porque cada emoción apunta a un objeto distinto, y al descartar una se borra su objeto con ella. El alivio de terminar una relación habla del desgaste de los últimos meses. La tristeza que llega con él habla de los años buenos, que también existieron. Elegir cuál es «la verdadera» no te acerca a la verdad: te deja con la mitad del mapa y decidiendo sobre esa mitad.
La precisión importa aquí, y está estudiada. Barrett, Gross, Christensen y Benvenuto (2001) midieron la granularidad emocional de sus participantes: distinguir matices entre los estados difíciles, o archivarlo todo bajo «me siento mal». Quienes distinguían más recurrían con más frecuencia a estrategias de regulación, sobre todo cuando la emoción era intensa. Hacerlo más a menudo no es hacerlo mejor: eso último era la hipótesis del estudio, no su resultado. Nombrar con exactitud no es un adorno del vocabulario: es parte del trabajo.
La mezcla es el caso difícil de esa habilidad. No pide una palabra fina, pide dos palabras que se contradicen y sostenerlas al mismo tiempo. Y cuesta por una razón gramatical antes que emocional: el idioma nos entrena a subordinar. Decimos «estoy contento, pero triste», y ese pero degrada la segunda mitad a objeción menor de la primera. La frase suena honesta y ya eligió por ti.
La palabra es ambivalencia, y no significa indecisión
Ambivalencia es sentir dos valencias opuestas hacia la misma cosa, a la vez: dos valores plenos, no medio valor de cada uno. En el uso corriente se confunde con no saber qué se quiere, y son fenómenos distintos: la indecisión es una pregunta abierta sobre lo que vas a hacer; la ambivalencia es un informe sobre lo que sientes ahora. Puedes tener la decisión tomada, firme, revisada, y vivirla ambivalente.
Tener el nombre cambia lo que haces con la experiencia. Sin él, sentir dos cosas opuestas se lee como una falla del sistema y se investiga: cuál es la verdadera, qué me pasa, por qué no puedo estar contento y ya. Con él, se lee como una lectura del instrumento —incómoda, precisa, completa—. La diferencia entre las dos versiones no es el estado interno. Es lo que crees que ese estado significa sobre ti.
Qué se sabe de sostener las dos a la vez
Hershfield, Scheibe, Sims y Carstensen (2013) hicieron tres tandas de muestreo de experiencia, de una semana cada una, repartidas a lo largo de una década. En total participaron 312 adultos de entre 18 y 94 años. Quienes reportaban emociones mixtas con más frecuencia también reportaban mejor salud física. Y entre las 141 personas que estuvieron en al menos dos tandas, el aumento de esas mezclas acompañó un declive de salud menor que el esperado por edad.
Ese hallazgo se cita mal con facilidad, así que va el límite primero. Es una asociación longitudinal, no una relación causal. Nadie asignó a un grupo a sentir mezclas y a otro a no sentirlas —no se puede hacer— y sin esa asignación no hay flecha. La salud, además, se midió con un cuestionario de síntomas que llenaban los propios participantes, no con una revisión médica. Puede que sostener la ambivalencia proteja algo; puede que las personas con mejor salud tengan más margen para sostenerla. El estudio no lo decide, y este artículo tampoco.
Lo que sí queda es más modesto y más útil. En diez años de datos, la mezcla no aparece como señal de que algo va mal: aparece como algo frecuente en personas que están bien, y que con la edad tiende a aumentar en vez de desaparecer. Quien esperaba que la madurez emocional fuera sentir una sola cosa a la vez tiene ahí un problema con los datos.
La carta de los lunes: la ciencia de escribir y de nombrar lo que sientes, también cuando son dos cosas a la vez.
Cómo se escribe una entrada que sostiene las dos frases
En dos frases separadas, cada una con su objeto, unidas por «y» en lugar de «pero». La entrada no busca resolver la contradicción ni explicarla: busca dejarla escrita con precisión suficiente para que dentro de un mes se entienda todavía qué era cada mitad. Tres movimientos bastan.
- Una frase por emoción, con punto en medio. «Estoy aliviado de que se haya terminado. Estoy triste de que se haya terminado así.» El punto hace el trabajo que la coma no hace: impide que la segunda frase quede colgando de la primera como una salvedad.
- «Y» en vez de «pero». Pero es una jerarquía disfrazada de conjunción. Cambiarlo por y no es un truco de redacción amable; es la única forma de que las dos emociones queden en el mismo nivel dentro de tu propia frase.
- Cada una con su objeto. «Estoy triste» no dice casi nada. «Estoy triste por los tres años que sí funcionaron» dice de qué está hecha la tristeza —y al escribirlo suele quedar claro que la alegría hablaba de otra cosa.
Queda una nota sobre la relectura. La mezcla es lo primero que la memoria simplifica: un mes después recordarás que fue una buena decisión o que fue un error, casi nunca las dos cosas. Por eso la entrada se fecha y se guarda con tus palabras exactas —son el único testigo de que ese día sentías las dos a la vez—. Y si al sentarte a escribir no aparece ninguna palabra, ni una ni dos, hay una guía entera sobre ese atasco.
Preguntas frecuentes
¿Es normal sentir dos emociones opuestas al mismo tiempo? Sí, y está medido: el 44% de los espectadores que Larsen y sus colegas (2001) encuestaron al salir del cine reportó alegría y tristeza a la vez. Entre quienes aún no habían visto la película, el 10%. La mezcla es especialmente común cuando una misma situación trae ganancia y pérdida juntas: mudanzas, graduaciones, rupturas, ascensos que obligan a dejar algo atrás.
¿Cómo sé cuál de las dos emociones es la verdadera? Lo más probable es que las dos lo sean, así que la pregunta que sirve es otra: a qué apunta cada una. Cuando una emoción parece falsa suele ser porque todavía no le encuentras el objeto, no porque no la sientas. Escribe las dos con su motivo al lado: casi siempre resulta que hablan de cosas distintas, y por eso pueden coexistir sin anularse.
¿La ambivalencia es lo mismo que la indecisión? No. La indecisión es no saber qué vas a hacer; la ambivalencia es sentir dos cosas opuestas hacia algo que incluso puede estar ya decidido. Se confunden porque suelen aparecer juntas, y se atienden distinto: la indecisión pide información o un plazo, la ambivalencia no pide nada. Se sostiene mientras dure.
La pregunta con la que llegaste te pedía descartar un dato. Ninguno de los dos sobra. Escribe las dos frases, ponles fecha y deja la contradicción en pie: mientras dure, es la descripción más exacta que tienes de lo que está pasando.
Referencias
- Larsen, J. T., McGraw, A. P., & Cacioppo, J. T. (2001). Can people feel happy and sad at the same time? Journal of Personality and Social Psychology, 81(4), 684–696.
- Hershfield, H. E., Scheibe, S., Sims, T. L., & Carstensen, L. L. (2013). When feeling bad can be good: Mixed emotions benefit physical health across adulthood. Social Psychological and Personality Science, 4(1), 54–61.
- Barrett, L. F., Gross, J., Christensen, T. C., & Benvenuto, M. (2001). Knowing what you're feeling and knowing what to do about it: Mapping the relation between emotion differentiation and emotion regulation. Cognition and Emotion, 15(6), 713–724.
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