De dónde salió el consejo de cómo perdonar

El mandato de perdonar llega de tres fuentes distintas que colapsaron en una frase. Qué decía cada una, qué se perdió por el camino y qué sigue en pie.

LA CIENCIA DETRÁS

Worthington distingue perdonar de reconciliar: el primero es un proceso interno que puede ocurrir sin contacto con quien causó el daño; el segundo requiere conducta de ambas partes y es opcional.

WORTHINGTON · 2006 · BRUNNER-ROUTLEDGE

“Tienes que perdonar, para poder soltar.” Esa frase circula como si siempre hubiera existido, como si fuera la conclusión obvia de la psicología, de la espiritualidad y del sentido común al mismo tiempo. Pero proviene de tres fuentes distintas que decían cosas distintas, y que en algún punto de las últimas décadas se fundieron en un solo mandato sin autor y sin condiciones.

El primer río: la prescripción religiosa

Durante la mayor parte de la historia escrita, el perdón fue un asunto teológico. En la tradición cristiana, perdonar no era opcional: era una obligación moral derivada de recibir el perdón de Dios. “Perdona a tu hermano setenta veces siete”, dice el texto de Mateo — una instrucción, no una recomendación.

La prescripción religiosa tenía una estructura clara. El perdón se le debía al ofensor aunque no lo pidiera, porque la disposición de quien perdona era lo que importaba. El beneficiario principal no era la persona agraviada sino su vínculo con lo sagrado y con la comunidad. Y el perdón operaba dentro de un marco donde Dios veía el interior: perdonar de la boca para afuera no contaba.

Lo que esa versión NO decía: que perdonar te haría sentir mejor. No era un consejo de salud. Era una práctica de carácter, embedded en una cosmología donde el sufrimiento personal no era la medida de nada.

El segundo río: la psicología del trauma

La versión clínica del perdón entró por otra puerta. Robert Enright fue uno de los primeros investigadores en construir un modelo formal de perdón basado en evidencia. Enright y Fitzgibbons (2000) describieron el perdón como un proceso de reencuadre cognitivo y emocional: la persona agraviada elige — y Enright enfatizó que es una elección — reducir el resentimiento y ofrecer algo que el ofensor no merece necesariamente.

El modelo tenía condiciones precisas. El perdón no era lo mismo que excusar: excusar borra la responsabilidad; perdonar la reconoce y aun así suelta el resentimiento. No era lo mismo que reconciliar: reconciliarse requiere conducta de dos partes; perdonar puede ocurrir sin ningún contacto con quien causó el daño. Worthington (2006) desarrolló esa distinción en detalle — perdonar es un proceso interno; reconciliar es una conducta interpersonal y es opcional.

Los estudios de ese período encontraron efectos sobre el bienestar emocional de quien perdona, principalmente sobre el afecto negativo y la rumia. No eran efectos grandes. Luskin (2002), cuyo trabajo llegó a la divulgación masiva, reportó reducciones en medidas de estrés en grupos que practicaron lo que llamó “entrenamiento de perdón”. Pero los ensayos tenían muestras pequeñas y ninguno siguió a los participantes más de unos meses.

Lo que la psicología clínica del perdón sí estableció: que el proceso podía describirse, que tenía etapas identificables y que era diferente de olvidar o de pretender que no ocurrió nada. Lo que NO estableció: que perdonar sea necesario para procesar el daño, ni que quien no perdona esté dañándose a sí mismo inevitablemente.

Una idea por semana, citada y sin atajos.

La carta de los lunes: piezas breves sobre psicología y escritura, sin mandatos.

Recibir la carta de los lunes →

El tercer río: la autoayuda de los años noventa

El tercer afluente es el que más circula hoy, y el que más se alejó de sus fuentes. A partir de los años noventa, el perdón entró en el vocabulario de la autoayuda como práctica de bienestar personal. Aquí el beneficiario cambió: perdonar ya no era para la comunidad ni para el alma, sino para el que perdona. “El resentimiento es como beber veneno y esperar que muera el otro” — esa cita, atribuida a figuras diversas sin prueba en ningún caso — resume el giro: el problema no es la injusticia, es lo que te hace a ti cargar con ella.

Esa versión tomó la investigación clínica y amplió sus conclusiones sin las condiciones originales. Tomó la prescripción religiosa y la secularizó hasta dejarla en una técnica de salud mental. Y añadió urgencia: perdonar cuanto antes, porque cada día de resentimiento es un día de daño propio.

El resultado fue el mandato que circula hoy: tienes que perdonar, y si no puedes es porque no has intentado lo suficiente, o porque todavía no entiendes que es por tu bien.

Dónde confluyen, qué se perdió

Los tres ríos convergieron en un único consejo que heredó la autoridad moral del primero, la promesa de salud del segundo y la urgencia del tercero — sin los matices de ninguno.

De la prescripción religiosa se perdió el contexto. El mandato religioso vivía dentro de una práctica total: comunidad, ritual, rendición de cuentas. Sacarlo de ahí y convertirlo en consejo individual de bienestar es una operación extraña que nadie declaró.

De la psicología del perdón se perdieron las condiciones. Enright y Worthington eran cuidadosos: el perdón no borra el daño, no requiere contacto con el ofensor, no es lo mismo que reconciliar, y proceder a ritmo forzado puede ser contraproducente. Nada de eso sobrevivió a la divulgación masiva.

De la autoayuda se quedó la velocidad. La urgencia de perdonar cuanto antes no tiene base en la investigación: los estudios de Enright midieron procesos que duraban semanas o meses, no revelaciones instantáneas.

Lo que sigue en pie

Algo queda después de rastrear las tres fuentes, y es más pequeño y más honesto que el mandato que circula.

La distinción entre perdonar y reconciliar sigue siendo útil y sólida. Worthington (2006) la desarrolló con claridad: puedes hacer el trabajo interno de soltar el resentimiento sin restaurar ninguna relación, sin hablar con nadie, sin señalar que perdonaste. El silencio no invalida el proceso.

La distinción entre perdonar y olvidar también se sostiene. El perdón no requiere borrar lo que pasó ni reencuadrarlo como si no hubiera sido daño. Reconocer el daño y elegir no organizar la vida alrededor del resentimiento son cosas que pueden coexistir.

Lo que no se sostiene es la urgencia y la obligación. Si el perdón es una elección — y tanto Enright como Worthington lo describen así —, entonces no puede ser un mandato con fecha límite. El proceso tiene el tiempo que tiene. Y quien no llegue a él, o no llegue todavía, no está necesariamente atrapado: puede estar procesando por otras vías que las tres fuentes de este consejo no midieron.

El consejo que todos dan tomó siglos de teología, décadas de psicología y una industria editorial y lo comprimió en una instrucción sin contexto. Lo que las fuentes decían, cuando se abren, es más modesto: que el resentimiento crónico pesa, que hay un proceso interno que se puede hacer sin el ofensor, y que ese proceso es diferente a excusar, olvidar o restaurar. Eso sigue siendo verdad. El mandato que lo envuelve, no.

Preguntas frecuentes

¿Cómo perdonar a alguien que no pide perdón? La distinción que Worthington (2006) estableció es útil aquí: el perdón como proceso interno no requiere la participación del ofensor. Puedes reducir el resentimiento sin contacto, sin declararlo, sin restaurar ningún vínculo. La conducta del otro no es el punto de partida de ese proceso.

¿Hay que perdonar para poder seguir adelante? La evidencia no establece eso. Enright y Fitzgibbons (2000) describieron el perdón como un camino posible para manejar el daño emocional, no el único. Hay personas que procesan injurias graves sin llegar a lo que los investigadores llamarían perdón formal, y no muestran peores resultados por eso. El mandato popular mezcla correlación con requisito.

¿Perdonar significa que lo que hicieron estuvo bien? No, según ninguna de las tres fuentes. La prescripción religiosa reconoce la falta; la psicología del perdón explícitamente distingue perdonar de excusar; la autoayuda lo repite aunque a veces lo desdibuje con el énfasis en “soltar”. Perdonar opera sobre el resentimiento de quien fue dañado, no sobre la valoración moral del acto.

¿Por qué es tan difícil cómo perdonar si todos dicen que deberíamos? Porque el mandato llegó sin la estructura que lo hacía practicable en sus fuentes originales. La prescripción religiosa venía con comunidad y ritual; la psicología clínica tenía etapas y tiempo; la autoayuda prometió un atajo que no existe. Lo que circula hoy es la urgencia sin el andamiaje.

Referencias

  • Enright, R. D., & Fitzgibbons, R. P. (2000). Helping clients forgive: An empirical guide for resolving anger and restoring hope. American Psychological Association.
  • Worthington, E. L. (2006). Forgiveness and reconciliation: Theory and application. Brunner-Routledge.
  • Luskin, F. (2002). Forgive for good: A proven prescription for health and happiness. HarperOne.
CADA LUNES
La carta de los lunes.

Doble confirmación: te llega un correo y decides. Baja de un clic, cuando quieras.

WC

Rastrea de dónde salió el consejo que todo el mundo repite y lo compara con lo que su fuente decía en realidad. Trabaja solo con material público: si no se puede abrir en un enlace, no entra en la pieza.