Voy a cumplir 40 y siento que no he logrado nada: el balance llega a los 39

El balance no llega el día del cumpleaños, sino un año antes. Un estudio con 42.063 adultos lo midió; un panel alemán no encontró nada. Las dos cosas, sin elegir.

Acuarela de un reloj de sol de piedra en un jardín, con la sombra detenida justo antes de cruzar la siguiente marca de la hora.
LA CIENCIA DETRÁS

Entre 42.063 adultos de la World Values Survey, los de edad terminada en 9 dijeron cuestionarse el sentido de la vida más seguido que el resto. El efecto fue pequeño.

ALTER & HERSHFIELD · 2014 · PNAS

No es a los 40. Es a los 39 — o a los 29, o a los 59: el año anterior al número redondo. Alter y Hershfield (2014) revisaron las respuestas de 42.063 adultos de más de cien países a la World Values Survey. Quienes tenían una edad terminada en 9 decían cuestionarse el sentido o el propósito de la vida más seguido que todos los demás. La sensación de no haber hecho nada no aparece con la década nueva; aparece en la antesala. Eso dice el estudio más citado sobre el asunto. Unos meses después, tres investigadores alemanes buscaron el mismo efecto en datos de panel y no encontraron ninguno. Este artículo cuenta las dos cosas.

Lo que se activa es el dígito, no la edad

Envejecemos de forma continua, pero contamos en bloques de diez. El idioma entrega los veinte, los treinta, los cuarenta, y el último año de cada bloque funciona como fecha de cierre. Alter y Hershfield llamaron 9-enders a quienes están ahí: 29, 39, 49, 59. Su tesis es que en ese año la persona audita el sentido de su vida, y que esa auditoría se nota en lo que hace después.

Hay un detalle previo que ordena el resto. Antes de los análisis grandes, los autores preguntaron a 100 adultos qué cumpleaños les parecían los más significativos de una vida. El dígito final más nombrado fue el 0, con el 46,4% de las respuestas. El 9 se llevó el 1,1%. Celebramos el número redondo; el balance, según el paper, ocurre el año anterior, cuando todavía nadie ha organizado una fiesta.

El rastro que buscaron fue conductual. Entre 500 personas que corrían su primer maratón, 74 tenían edad terminada en 9: una sobrerrepresentación del 48% frente a lo que cabría esperar por azar. Otra muestra siguió a 100 corredores durante varios años. Corrieron en promedio un 2,30% más rápido a los 29 o a los 39 que en los dos años anteriores y posteriores. Y en un sitio de citas dirigido a personas que ya tienen pareja había 8.077.820 usuarios varones. De ellos, 952.176 tenían edad terminada en 9: un 17,88% más de lo que correspondería si los dígitos se repartieran al azar.

El paper reúne seis estudios. Uno de ellos entra en un terreno que no corresponde a un artículo como este, y queda fuera.

El tamaño del efecto es la parte que casi nunca se cita

Pequeño. En la World Values Survey la diferencia fue de 3,28 contra 3,25 en una escala de cuatro puntos, con una d de Cohen de 0,03. El orden se sostuvo dígito por dígito: detrás del 9 quedaron los 8 con 3,27 y, al fondo de la lista, los 3 con 3,20. Los autores lo dicen en el propio paper y explican por qué. La pregunta apuntaba a una tendencia general —con qué frecuencia uno se cuestiona el sentido de la vida—, no al estado de ese día. Y el 46,7% de la muestra ya había marcado el punto más alto de los cuatro, así que casi no quedaba recorrido para que el efecto se moviera.

Un efecto de ese tamaño describe una nube de cuarenta mil personas, no a alguien en particular. Sirve para afirmar que el patrón existe en la población; no sirve para explicar tu lunes. Y ese análisis es correlacional: compara adultos distintos de entre 25 y 64 años en un mismo momento, sin seguir a nadie a lo largo del tiempo.

Por eso el paper incluye además un experimento. Trescientos treinta y siete adultos escribieron sobre una de tres cosas: qué harían mañana, cómo se sentirían la noche antes de su próximo cumpleaños, o cómo se sentirían la noche antes de entrar en una década nueva. Los del último grupo quedaron más preocupados por buscar sentido: 4,39 en una escala de siete puntos, frente a 3,99 y 4,08 de los otros dos. Ahí sí hay una causa asignada. También hay un límite obvio: imaginar esa noche no es vivirla.

La evidencia, con sus límites.

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El estudio que buscó lo mismo y no encontró nada

Kühne, Schneider y Richter (2015) publicaron en la misma revista una carta con datos alemanes. Usaron el Panel Socioeconómico Alemán, una encuesta anual de hogares que sigue a las mismas personas desde 1984. Sus submuestras van de 21.216 a 42.722 individuos, observados en promedio entre 3,0 y 7,7 veces cada uno. Probaron siete variables. Ninguna se movió al llegar a una edad terminada en 9.

Las siete fueron: satisfacción con la vida actual, satisfacción esperada con la vida futura, disposición a asumir riesgos, cambios de pareja —formación y ruptura—, salud mental, índice de masa corporal y frecuencia de actividad deportiva. Todos los valores de p quedaron por encima de 0,10. La conclusión de los autores cabe en una línea: no hallaron evidencia de un cambio de actitudes ni de conducta que indicara una búsqueda intensificada de sentido al acercarse una década nueva.

Su argumento metodológico pesa tanto como el resultado. Los datos de panel permiten estimar modelos de efectos fijos. En vez de comparar personas distintas, comparan a la misma persona consigo misma con los años. Así descuentan todo lo que la distingue de manera estable de las demás. Los datos transversales, señalan, arrastran heterogeneidad no observada. Los efectos de cohorte son el ejemplo obvio.

Por qué los dos resultados pueden convivir

Porque no miden lo mismo. Alter y Hershfield preguntan por la búsqueda de sentido. Kühne y sus colegas miden satisfacción, riesgo, pareja, peso corporal y deporte. Una pregunta interna que se vuelve más ruidosa durante un año puede no mover ninguno de esos indicadores. También puede ocurrir que nunca se volviera más ruidosa, y que el efecto original sea ruido estadístico.

Alter y Hershfield respondieron a la carta en el mismo número, y su defensa tiene dos partes. La primera: las variables alemanas son malos sustitutos de las suyas. La satisfacción con la vida no informa sobre la búsqueda de sentido, y el índice de masa corporal o la frecuencia deportiva son medidas demasiado difusas. La segunda: los efectos de cohorte se aplican a generaciones, no a personas separadas por un solo año de edad. Además, el patrón que ellos observan se repite a los 29, a los 39, a los 49 y a los 59.

La objeción de Kühne y sus colegas sigue en pie de todos modos: de los dos diseños, el único que puede ver a una persona cambiar es el suyo. Y la discusión no se detuvo en 2015.

Larsen (2015) volvió sobre los mismos datos: las seis olas de la World Values Survey disponibles ese año, 61.148 adultos de 25 a 64. Estimó tres modelos distintos, incluida la diferencia de medias que usaron los autores originales. Su conclusión es que no hay evidencia sistemática de que quienes tienen edad terminada en 9 se cuestionen el sentido de la vida más seguido. Tampoco menos.

Kim, Schlegel, Seto y Hicks (2019) fueron por el experimento. Lo repitieron tres veces, con 1.466 personas en total. Dos de las tres réplicas salieron en la dirección original y una no. El efecto, además, encogió: el experimento de 2014 reportó una d de 0,41 y las réplicas dieron 0,23, 0,17 y 0,16. Lo que más importa apareció al factorizar la escala. La consigna movía un solo componente —revisar la propia vida— y dejaba intacto el otro, que es cuánto valor le asigna la persona al sentido. Por eso proponen leer aquel experimento como revisión de vida y no como búsqueda de sentido.

Lo honesto, entonces, es sostener las piezas a la vez. Hay evidencia de que la antesala de una década concentra la revisión de la propia vida. Hay evidencia de que no mueve casi nada medible en esa vida. Y el nombre que el paper de 2014 le puso al fenómeno —búsqueda de sentido— es la parte que peor ha envejecido.

La pregunta cambia cuando le quitas el número

“No he hecho nada” casi nunca es un inventario. Es una comparación contra un marcador redondo que llegó con el sistema decimal, y que trae escondidos un jurado y un plazo que nadie fijó. Si contáramos en base doce, el sobresalto tocaría a los 35. El número dice algo sobre cómo contamos, no sobre lo que hiciste.

Lo que suele haber debajo tiene nombres más precisos. A veces es languidez: funcionar sin que nada florezca, que no es tristeza ni es bienestar. A veces es que los años se comprimen porque casi nada quedó registrado, el problema que describe vivir en piloto automático. La memoria reconstruye una década entera bajo la presión de un número redondo, y devuelve un resumen injusto por diseño.

Contra eso hay una defensa modesta y disponible: lo que escribiste con fecha. Un registro no mejora la década que pasó, pero le discute al resumen. Es la diferencia entre recordar que no pasó nada y poder comprobarlo.

La pregunta que trae el dígito es qué has hecho con tu vida. Es una pregunta de cierre, con jurado y con plazo, y las dos cosas las puso el sistema decimal. La que sí se puede responder es más pequeña y no depende de ningún cumpleaños: qué de lo que haces hoy sostendrías si nadie estuviera contando los años.

Referencias

  • Alter, A. L., & Hershfield, H. E. (2014). People search for meaning when they approach a new decade in chronological age. Proceedings of the National Academy of Sciences, 111(48), 17066–17070.
  • Kühne, S., Schneider, T., & Richter, D. (2015). Big changes before big birthdays? Panel data provide no evidence of end-of-decade crises. Proceedings of the National Academy of Sciences, 112(11), E1170.
  • Alter, A. L., & Hershfield, H. E. (2015). Reply to Kühne et al.: Still good evidence that people search for meaning when they approach a new decade in chronological age. Proceedings of the National Academy of Sciences, 112(11), E1171.
  • Larsen, E. G. (2015). Commentary on: People search for meaning when they approach a new decade in chronological age. Frontiers in Psychology, 6, 792. https://doi.org/10.3389/fpsyg.2015.00792
  • Kim, J., Schlegel, R. J., Seto, E., & Hicks, J. A. (2019). Thinking about a new decade in life increases personal self-reflection: A replication and reinterpretation of Alter and Hershfield's (2014) findings. Journal of Personality and Social Psychology, 117(2), e27–e34. https://doi.org/10.1037/pspp0000199
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Fundador de Pluto Bloom. Escribe sobre el oficio de pensar por escrito y la ciencia que lo sostiene. Cada afirmación científica lleva autor y año, verificada contra la fuente antes de publicarse.