Murió mi papá y no he llorado: qué dice la evidencia

El llanto no es la medida del duelo. Qué encontró la investigación sobre el duelo sin señales visibles, y por qué esa ausencia no prueba nada.

Acuarela de un cauce seco de piedras claras que atraviesa un valle que sigue verde a los dos lados.
LA CIENCIA DETRÁS

En un estudio prospectivo que Bonanno reseña, el 46% de las personas viudas mostró niveles bajos de depresión antes de la pérdida y hasta dieciocho meses después, sin haber sido descritas como frías ni distantes.

BONANNO · 2004 · AMERICAN PSYCHOLOGIST

No haber llorado no significa que no lo querías. El llanto es una de las formas del duelo, la más visible y la que menos información carga. Lo que la investigación sobre la pérdida sí ha establecido es más estrecho: el duelo sin señales visibles es frecuente, no viene de la negación y no se cobra después.

Estuviste en el funeral. Alguien te abrazó y se quedó un segundo de más, esperando de tu cara algo que no llegó. Firmaste papeles, contestaste el teléfono, decidiste sobre flores y horarios con una eficiencia que después te pareció casi indecente. Y en algún momento de la madrugada, a solas, lo intentaste: le diste permiso al llanto, a ver si venía. No vino.

Por qué no has llorado la muerte de tu padre

Porque el llanto es un reflejo de un sistema nervioso bajo cierta carga, no un medidor de cuánto querías a alguien. El choque lo bloquea. También el agotamiento, el volumen administrativo que deja una muerte y el hecho llano de que alguien tenía que hacer las llamadas y ese alguien fuiste tú. Lo que sigue es lo que la gente describe, no lo que un estudio estableció.

Está además la cuestión de cuándo empezó el duelo. Si tu papá estuvo enfermo meses, buena parte del llanto puede estar ya detrás de ti. En pasillos de hospital, a las tres de la mañana hace un año. Mientras él seguía vivo y tú ya ensayabas un mundo sin él. El duelo no espera al funeral. Hay gente que lleva más camino recorrido del que nadie supone, ella incluida.

Y está el papel que te tocó. Quien termina llevando el papeleo, los hermanos y las cuentas está dirigiendo una operación, y las operaciones se dirigen con la cara quieta. Puede que las lágrimas esperen a que la operación termine. Puede también que no lleguen nunca, y eso lleva a la parte que casi nadie te ha contado.

De dónde viene la expectativa

De una teoría que pasó casi un siglo sin que nadie la sometiera a prueba. Bonanno (2004) señala una encuesta a especialistas en duelo. El 65% respaldaba que la ausencia de duelo existe y que suele venir de la negación o la inhibición. Ese mismo grupo la daba por dañina a la larga. Un 76% respaldaba además el supuesto compatible de que reaparece más tarde como duelo diferido.

Ese consenso tenía un origen mundano. Casi todo lo que la psicología sabía del duelo venía de personas que habían pedido ayuda o mostrado un malestar severo. El campo miraba una sala llena de gente que, por definición, no era resiliente, y llamó norma a lo que vio ahí. La idea llegó a la conversación cotidiana mucho antes de que alguien la revisara. Es lo que está detrás del familiar que dijo «todavía no lo asimila» y de tu sospecha de madrugada.

Qué apareció cuando se midió

Que el duelo sin señales visibles es frecuente, y que no anticipa ningún derrumbe posterior. Bonanno (2004) reseña un estudio prospectivo poco común: los datos se recogieron en promedio tres años antes de la muerte del cónyuge, cuando nadie sabía todavía quién quedaría viudo. El 46% de esa muestra mostró niveles bajos de depresión antes de la pérdida y hasta dieciocho meses después, con pocos síntomas de duelo.

Ese dato vale sobre todo por lo que descarta. Como la medición empezó antes de la muerte, no se puede argumentar que esas personas tuvieran un vínculo pobre. Los entrevistadores no las habían descrito como frías ni distantes, y no habían reportado dificultades en sus matrimonios. Sobre la factura que supuestamente se cobra después, Bonanno es tajante: ningún estudio empírico ha demostrado con claridad que el duelo diferido exista. En un seguimiento de cinco años, con una medida compuesta más fiable, ni un solo participante lo presentó.

Hay un matiz que el titular fácil se salta. Incluso entre esas personas, la mayoría reportó al menos algo de añoranza y punzadas de dolor. Prácticamente todas tuvieron pensamientos intrusivos poco después de la pérdida. La diferencia no fue la ausencia de dolor. Fue que ese dolor resultó transitorio en vez de permanente, y no les impidió seguir funcionando en el resto de su vida.

Nada de esto afirma que estés bien. Afirma algo más estrecho: que tus ojos secos, por sí solos, no son evidencia de que algo funcione mal.

Las otras formas que toma

El duelo sin llanto no es duelo ausente: es duelo en otro registro. Aparece como logística, como un cansancio que no cede, como irritabilidad con quien no tiene culpa, como un sueño que se rompe. Y aparece en el tiempo, que deja de sostenerse: la muerte es de ayer y de hace años a la vez.

Aparece también en la gramática. Dices «mi papá es» y te corriges, y la corrección cuesta algo cada vez. La mano busca el teléfono a la hora en que solías llamarlo. Y seis meses después, un pasillo de supermercado te embosca con su letra en una lista vieja, y puede que eso sí te haga llorar. Te parecerá desproporcionado. No lo será.

Ninguna de esas formas es más verdadera que las lágrimas, y ninguna necesita corregirse. Hay quien no siente tristeza sino una falta de sensación difícil de nombrar, más solitaria porque no tiene la cara que los demás reconocen. Y el duelo tampoco necesita una muerte: mudarse de país deja una pérdida sin funeral, y cuesta admitirla por la misma razón.

Lo que la evidencia no respalda

Que expresarlo ayude. Stroebe, Schut y Stroebe (2005) revisaron cuatro dominios de investigación: apoyo social, revelación emocional, revelación emocional inducida en experimentos e intervenciones de duelo. En ninguno de los cuatro encontraron evidencia de que la revelación emocional facilite el ajuste a la pérdida en el duelo normal. Este blog trata sobre escribir. El hallazgo va en contra de lo que hacemos.

Lo que pusieron a prueba tiene nombre: la hipótesis del trabajo de duelo. Es el supuesto ampliamente aceptado de que, para ajustarse, quien está en duelo tiene que confrontar y expresar las emociones intensas de la pérdida. Tiene la autoridad del sentido común y el peso cultural de cien películas detrás, y bastante menos evidencia de la que cualquiera de esas dos cosas sugiere. Cuando alguien te dice que necesitas sacarlo, no te está pasando un hallazgo.

El límite corre también en la otra dirección, y conviene decirlo. La literatura de escritura expresiva que inauguraron Pennebaker y Beall (1986) se midió en cuarenta y seis estudiantes de psicología introductoria que escribieron quince minutos por noche durante cuatro noches seguidas. No en personas que acaban de enterrar a su padre. El efecto no se traslada solo porque el papel sea el mismo.

La tentación en este punto sería matizar el hallazgo hasta que la incomodidad desaparezca. No lo vamos a hacer. Si escribir no adelanta el duelo, entonces hace falta una razón mejor para escribir — o ninguna.

Para qué escribir entonces

Para dejar constancia. La memoria de los primeros meses tras una muerte es mala y se edita sola: cambia el orden, suaviza unas frases y pierde otras. Lo que escribas esta semana —lo que dijo la enfermera, lo que llevabas puesto, lo que no alcanzaste a decirle— queda con su fecha. Dentro de dos años será lo único que conserve tus palabras exactas. Es bastante menos de lo que se suele prometer sobre escribir un diario después de una muerte, y es algo que puedes comprobar tú.

Lo que escribas hoy queda con su fecha.

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Esquivarlo también es parte del duelo

Stroebe y Schut (1999) propusieron el modelo de proceso dual, y su movimiento central es tomarse en serio la evitación. Quien está en duelo, argumentaron, oscila entre estresores orientados a la pérdida y estresores orientados a la restauración. Los primeros son la persona, la ausencia, los recuerdos. Los segundos, los roles nuevos y el papeleo de una vida que tiene que seguir. El afrontamiento adaptativo se compone de confrontar y de evitar.

Fueron más lejos y defendieron lo que llamaron dosificación: la necesidad de tomar respiro de cualquiera de los dos tipos de estresor, como parte integral de afrontar bien. Bajo ese modelo, una semana en la que no sientes nada no es una deuda que gana intereses. Es oscilación. Ellos lo presentan como modelo propuesto y no como hallazgo asentado. Su valor aquí es que lo construyeron explícitamente como crítica a la hipótesis del trabajo de duelo, por definición imprecisa y por falta de respaldo empírico.

Hay un límite en lo que todo esto puede decirte. Describe lo que se ha observado en personas en general. No dice dónde estás tú. Bonanno (2004) señala que la depresión y el malestar crónicos sí ocurren, en entre el 10% y el 15% de las personas en duelo. Si meses después la pérdida sigue decidiendo cómo duermes, si trabajas y si ves a alguien, esa es una conversación con un profesional y no con una página. En findahelpline.com están las líneas disponibles por país e idioma.

Nada de esto termina con la llegada del llanto. Puede que llegue en un semáforo dentro de ocho meses, por algo absurdo. Puede que no llegue, y no hay plazo en el que deba hacerlo.

Murió tu papá. Cómo se comporte tu cara con eso es el dato menos informativo que vas a tener.

Referencias

  • Bonanno, G. A. (2004). Loss, trauma, and human resilience: Have we underestimated the human capacity to thrive after extremely aversive events? American Psychologist, 59(1), 20–28.
  • Stroebe, W., Schut, H., & Stroebe, M. S. (2005). Grief work, disclosure and counseling: Do they help the bereaved? Clinical Psychology Review, 25(4), 395–414.
  • Stroebe, M., & Schut, H. (1999). The dual process model of coping with bereavement: Rationale and description. Death Studies, 23(3), 197–224. https://doi.org/10.1080/074811899201046
  • Pennebaker, J. W., & Beall, S. K. (1986). Confronting a traumatic event: Toward an understanding of inhibition and disease. Journal of Abnormal Psychology, 95(3), 274–281.
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Fundador de Pluto Bloom. Escribe sobre el oficio de pensar por escrito y la ciencia que lo sostiene. Cada afirmación científica lleva autor y año, verificada contra la fuente antes de publicarse.